Familias damnificadas por los terremotos en La Guaira sufren la inundación de sus carpas en Naiguatá y montan guardias nocturnas para defenderse de babas hambrientas. Las familias damnificadas que permanecen refugiadas en el sector Campo de Golf de Caribe, terreno adyacente a la estación de servicio de Naiguatá, afrontan un drama humanitario cada vez más crítico a 79 días de los devastadores terremotos que estremecieron al estado La Guaira, luego de que los intensos aguaceros del viernes anegaran por completo sus carpas improvisadas.
El barro y las filtraciones castigan con dureza a los grupos más vulnerables del asentamiento, obligando a los ocupantes a pernoctar entre enseres empapados y charcos de lodo.
La emergencia habitacional escala a niveles de alto riesgo debido a la aparición constante de peligrosos reptiles que merodean el área en busca de alimento, elevando el desespero de los refugiados ante el silencio prolongado de las instituciones oficiales.
Filtraciones masivas, grupos vulnerables y el silencio institucional
En primer lugar, la acumulación de agua pluvial golpeó sin piedad a niños pequeños, mujeres en estado de gestación, ancianos y personas con discapacidad motora, quienes sobreviven a la intemperie en condiciones de salubridad deplorables. En este sentido, un trabajo periodístico del diario regional La Verdad de Vargas recogió el malestar colectivo de los habitantes, quienes denuncian que los entes gubernamentales no ofrecen respuestas concretas ni gestionan traslados dignos hacia complejos habitacionales seguros.
«Ya no sabemos qué hacer. Estamos buscando respuestas. Todas las cosas se nos están mojando. Tenemos niños, mujeres embarazadas, no nos dan respuesta y no nos quieren sacar de esta situación», expresó con desesperación uno de los vecinos refugiados a través de un video difundido en plataformas digitales para visibilizar la calamidad que soportan a diario.
Asimismo, las precipitaciones dañaron colchones, prendas de vestir y suministros de comida que los afectados resguardaban dentro de las tiendas de campaña tras perder sus viviendas en los temblores.
Vigilancia comunitaria, presencia de caimanes y el clamor por auxilio
Rondas nocturnas frente a la amenaza de fauna silvestre
Por su parte, el estancamiento de las aguas y la oscuridad reinante atrajeron a caimanes de anteojos —conocidos popularmente como babas— que avanzan desde los matorrales cercanos hacia los dormitorios improvisados para cazar presas. Al respecto, los jefes de hogar conformaron brigadas de vigilancia nocturna con linternas rústicas para patrullar el perímetro del campamento y evitar ataques contra los menores de edad mientras duermen.
Registro audiovisual de los reptiles y llamado a la acción
Al respecto, las familias grabaron testimonios en video donde muestran los ojos brillantes de los animales acechando entre el agua acumulada a escasos metros de los toldos: «Eso que le alumbra los ojos es la baba… Aparte de esa, hay varias más por fuera», advierte uno de los afectados en la grabación testimonial mientras alumbra al espécimen.
Frente a esta amenaza inminente, los refugiados solicitaron la intervención perentoria de los organismos de protección civil, los entes de vivienda y los despachos del Ejecutivo nacional para frenar una tragedia y adjudicar soluciones habitacionales urgentes a las familias sin techo.
Con información de Caraota Digital
