El post-mortem de la infancia digital: ¿qué queda cuando la infancia se hace pantalla?. Un reciente análisis describe la infancia digital como un experimento masivo cuyos efectos negativos empiezan a emerger ahora: pérdida de infancia como se conocía —juego al aire libre, interacción cara a cara, autonomía— reemplazada por pantallas, notificaciones y estimulaciones constantes.
El autor advierte que la entrada generalizada de dispositivos desde edades muy tempranas reconfiguró de raíz la forma de crecer: la socialización, el aprendizaje, el descanso y la construcción psíquica ahora transcurren —cada vez más— en entornos digitales. Esa transformación, dicen, no fue acompañada por una reflexión real: la arquitectura de incentivos del “capital de la atención” —redes sociales, videojuegos, apps— prioriza retención, no bienestar.
El post-mortem de la infancia digital: ¿qué queda cuando la infancia se hace pantalla?
Se señala que este cambio generó cuatro “daños fundacionales”: privación social, fragmentación de la atención, interrupción del sueño y dependencia conductual. Muchos jóvenes presentan ahora problemas de salud mental, dificultades para concentrarse y una necesidad permanente de estímulos que antes no existían.
El análisis plantea que el actual enfoque —centrado en leyes, regulaciones y restricciones técnicas— es insuficiente. Regular el acceso de menores, activar controles de edad o imponer límites son pasos necesarios, pero no suficientes. El problema no es solo tecnológico o legislativo: es cultural, educativo, social.
Se sostiene que las respuestas deben venir desde varios frentes: familias, escuelas, sociedad civil. Es necesario revalorizar la vida offline, reconectar con formas tradicionales de socialización, promover juegos, actividades creativas, autonomía, discusiones cara a cara. Recuperar espacios de libertad real donde niños y jóvenes construyan experiencia humana —no mediada por pantallas— es clave.
Este “post-mortem” es también una advertencia: la infancia digital no debería celebrarse como conquista inevitable. Si no se atienden las consecuencias, la generación digital corre el riesgo de perder algo más que tiempo: su salud emocional, su capacidad relacional, su resiliencia.
Con información de Banca y Negocios
