“Wicked: For Good”: cuando Oz habla de política, migración y verdad. La magia, el brillo esmeralda y la amistad entre Elphaba y Glinda siempre han sido el corazón de Wicked. Pero en su secuela cinematográfica, Wicked: For Good, ese corazón late con un pulso político mucho más fuerte, visible y deliberado. Lo que antes era subtexto ahora es narrativa frontal.
En la primera película, nominada al Óscar, los temas de discriminación y tensión racial ya estaban presentes, especialmente en la forma en que la sociedad de Oz reacciona a quienes considera “diferentes”. La relación entre una Glinda prejuiciada y una Elphaba marginada funciona como punto de partida para lo que ahora se convierte en una crítica más amplia al poder, la manipulación y el control.
Porque Wicked: For Good no se limita a explorar el origen de una “bruja”: mete las manos en uno de los debates más sensibles de la actualidad —la inmigración— a través de escenas que evocan directamente las políticas migratorias de la administración Trump.
“Wicked: For Good”: cuando Oz habla de política, migración y verdad
Una de las secuencias más contundentes ocurre cuando Boq llega a la estación de tren y descubre que los animales y los munchkins ya no pueden viajar libremente. Necesitan permisos especiales, un sistema impuesto por la gobernadora Nessarose. Lo que sigue es una serie de imágenes duras: criaturas encantadas retenidas, otras escondidas en sótanos, atrapadas en jaulas dentro del palacio del Mago.
Es casi imposible no pensar en las redadas migratorias en Charlotte, Chicago o Nueva Orleans, ni en las polémicas sobre separación de familias. En el mundo de Oz, el Mago justifica sus decisiones con una frase que resuena más allá de la pantalla:
“La mejor manera de unir a la gente es darles un buen enemigo.”
Ese enemigo son los animales. En la vida real, son los inmigrantes indocumentados.
Propaganda, control y quién define la verdad
La segunda película profundiza en la maquinaria del Mago, que utiliza propaganda, miedo y manipulación para consolidar poder. Son temas que ya estaban en la novela de Gregory Maguire, pero que ahora, con más tiempo y libertad narrativa, reciben un tratamiento más explícito.
Philip Lightstone, exintegrante de las giras de Wicked en EE.UU., lo resume con claridad:
“Quien esté en control, decide cuál es la ‘verdad’. Ese es el trasfondo real.”
Elphaba —héroe o villana según quién cuente la historia— se convierte en una resistencia activa contra ese relato oficial: detiene obras, revela mentiras y ayuda a los animales a huir por un túnel subterráneo. No es casual que Cynthia Erivo haya interpretado también a Harriet Tubman en 2019: otra mujer asociada a liberar oprimidos a través de un “ferrocarril subterráneo”.
Una película política… como siempre lo fue
Aunque algunos critiquen esta lectura, quienes conocen el musical saben que Wicked siempre ha sido político. El propio equipo artístico usaba acontecimientos reales para conectar emocionalmente con la obra. La película simplemente lleva esa tradición al cine, en una época en la que las metáforas se sienten más urgentes.
La cinta llega justo cuando la temporada de premios comienza y comparte cartel con otras propuestas cargadas de comentarios sociales: One Battle After Another de Paul Thomas Anderson, Eddington de Ari Aster y A House of Dynamite de Kathryn Bigelow.
Al final, Wicked: For Good sigue siendo entretenimiento, escape, fantasía. Pero también es un recordatorio de que incluso en mundos llenos de magia, la injusticia se siente muy real. Y si una historia ambientada en Oz logra abrir conversaciones incómodas pero necesarias, quizá ese sea el verdadero hechizo de estas películas.
