EFE – Caracas, 13 de septiembre .- El sistema digestivo, además de convertir los alimentos que tomamos en energía y material de desecho, es un órgano que está en comunicación constante con el cerebro.
En el intestino se encuentra el sistema nervioso entérico, encargado de “avisar” al cerebro cuando tenemos hambre y cuando estamos saciados, entre otras cosas relacionadas con el aparato digestivo. En él viven millones de bacterias que intervienen en muchos procesos metabólicos, es lo que se conoce como microbiota intestinal.
Este conjunto de microorganismos influye en el sistema inmunológico, en el equilibrio hormonal, en el estado de ánimo y en la función cerebral.
El intestino
El intestino, y por tanto la microbiota intestinal, tiene tanto control sobre ciertas funciones corporales que también se le conoce como el segundo cerebro.
La dieta y el estilo de vida influyen en la composición de la microbiota. Los alimentos procesados, azucarados, la falta de fibra, la hidratación, el ejercicio, el estrés o los antibióticos pueden tener un impacto negativo en la microbiota, por eso es importante llevar una vida saludable para mantenerla en equilibrio.
“La alteración de la microbiota se ha asociado a cáncer de colon, obesidad, problemas cardiovasculares o diabetes y ahora también los estudios muestran que altera el sueño por lo tanto, cuidar la flora intestinal puede ayudarnos a descansar mejor y cuidando nuestro sueño, podemos evitar alteraciones en el sistema digestivo” afirma la doctora Irene Rubio Bollinger, responsable de la Unidad del Sueño y especialista en neurofisiología clínica del Hospital Quironsalud Sur.
El vínculo que existe entre el sueño y el apetito es muy importante, la falta de sueño puede alterar nuestro apetito, aumentar el ansia de comer y por tanto, influir en el peso.
¿Saciedad?
Esto sucede porque la falta de sueño disminuye la producción de la hormona responsable de la sensación de saciedad, la leptina, y aumenta la producción de grelina, la que nos induce el hambre y regula el apetito. Cuando no dormimos bien, la leptina no le comunica al cerebro que estamos llenos y la grelina le dice que sigamos comiendo, que tenemos hambre.
Una mala digestión o una noche de insomnio puede deberse a algún daño, trastorno o alteración de la flora intestinal, de la microbiota, “un ejemplo muy común es la toma de antibióticos, esta medicación suele eliminar los gérmenes saprofitos del intestino, un microbioma natural encargado de funciones tan importantes como digerir los alimentos, regular el sistema inmune y producir vitaminas como la B12, asimismo, una mala higiene del sueño y una alteración de los ritmos circadianos de sueño-vigilia, provocan una alteración de la microbiota intestinal” explica la doctora Bollinger.
Esta alteración de la microbiota intestinal se conoce como disbiosis, un trastorno intestinal bastante frecuente en personas que trabajan de noche o que viajan muy a menudo a países transoceánicos que implican un cambio permanente del ciclo sueño-vigilia.
Cuando se duerme poco, además, suben los niveles de cortisol, la hormona que compensa la acción de la insulina, lo que hace que se produzca un exceso de azúcar en sangre y por lo tanto, favorecer la obesidad y el sobrepeso.