Kellibeth González era una mujer de 39 años, llena de sueños y con la esperanza de una vida más saludable. Junto a su esposo, Gerardo José Navavera, decidió someterse a una cirugía bariátrica para combatir el sobrepeso. El contacto inicial con el doctor José Prieto fue a través de Instagram, donde el médico se promocionaba como cirujano bariátrico. Esa promesa y la publicidad convincente fueron suficientes para dar el paso: “Él nos decía que era especialista, que tenía experiencia, que todo iba a salir bien”, relata Gerardo. Nadie imaginaba entonces el infierno que estaba por comenzar.
Desde el primer contacto, todo fue inusualmente rápido. En pocos días, Kellibeth tenía sus exámenes listos. El doctor insistía a diario: “Que la clínica iba a aumentar los precios, que debíamos operar ya”. Sin la rigurosa evaluación previa que otros pacientes suelen recibir (nutricionista, psicólogo, preparación), Kellibeth fue operada el 2 de julio en la clínica San Lucas. Tras dos días de hospitalización, la dieron de alta.
Pero pronto comenzaron los problemas. Kellibeth no se sentía bien. Dolor, insomnio, malestar general. El doctor Prieto visitó la casa días después y le drenó un líquido maloliente del abdomen. “Sospecho que el daño fue desde la primera operación”, confiesa Gerardo.
Prieto decidió entonces trasladarla al Hospital Central de Maracaibo, donde, según él, tenía más control y recursos. Allí comenzaron semanas de sangrado, fiebres y complicaciones. Gerardo gastaba más de 200 dólares al día en medicamentos y suministros. El diagnóstico de Prieto: una fístula que nunca apareció en los estudios. Siempre había una explicación, siempre un nuevo gasto, siempre una promesa de esperanza.
La segunda operación y el declive
Después de dos meses de sufrimiento, el doctor sugirió revertir la intervención inicial y realizar un bypass gástrico. El 29 de agosto, Kellibeth fue operada de nuevo. “Me dijo que serían tres horas, pero duró siete. La internista pedía que mi esposa quedara en UCI, pero Prieto insistió en que no era necesario, que solo querían sacarnos dinero”.Kellibeth pasó una noche en cuidados intensivos y luego fue trasladada de nuevo al Hospital Central. Su estado era crítico, pero Prieto seguía asegurando que todo estaba bajo control. La realidad era otra: hemoglobina bajísima, dificultad para respirar, órganos fallando. En la madrugada del 1 de septiembre, Kellibeth falleció tras una última cirugía desesperada y sin haber recibido el traslado a UCI que tanto necesitaba.
Después de la muerte, Gerardo y su familia quedaron devastados. Sin embargo, el drama apenas comenzaba. La versión que se difundió en redes y medios afirmaba que los familiares habían irrumpido violentamente en el hospital para llevarse el cuerpo. Se les llamó vándalos, agresivos, ignorantes. Nadie preguntó, nadie se detuvo a escuchar la verdadera historia.
La realidad, narra Gerardo, fue muy distinta: “Nos llevamos el cuerpo porque el propio equipo médico nos lo indicó, argumentando que era nuestra costumbre como indígenas guajiros. Hoy creo que lo hicieron para evitar una autopsia que revelara la mala praxis”.
En medio del dolor, la familia descubrió que Prieto nunca fue cirujano bariátrico, sino solo cirujano general. “Nos vendió un espejismo. No tenía la formación que decía tener. Nos engañó, nos estafó y, lo peor, nos arrebató a mi esposa”. Tras la tragedia, Prieto desapareció: cerró sus redes sociales, nadie sabe dónde está. Ya no responde a nadie.
La presión, el miedo y la manipulación
Durante todo el proceso, Prieto ejerció una presión constante sobre la familia. Insistía en operar rápido, minimizaba los riesgos, prometía resultados milagrosos. Cuando las cosas se complicaron, siempre tenía una explicación tranquilizadora, una historia de otros pacientes que “no hicieron caso” y terminaron peor por cambiar de médico.Gerardo ahora entiende el mecanismo: “Nos mantenía atados al miedo. Nos decía que cambiar de médico sería fatal, que solo él podía salvar a mi esposa. Yo confiaba porque era el jefe de cirugía, porque todos en el hospital le obedecían. Pero era solo una mentira tras otra”.
El estigma y la desinformación
La muerte de Kellibeth no solo dejó una familia destrozada, también expuso la falta de rigor periodístico y la discriminación. “Nos trataron de salvajes porque somos indígenas. Se inventaron una historia de violencia que nunca existió. Nadie se tomó el tiempo de preguntarnos, de investigar”, denuncia Gerardo.
La familia pide respeto, pide verdad, pide justicia. “No somos menos que nadie. Luchamos por la vida de mi esposa hasta el final, y nos duele que, además de perderla, tengamos que cargar con la humillación pública y el dolor de la mentira”.
Un llamado a la conciencia
Esta historia es una advertencia dolorosa. Gerardo, en nombre de su familia y de la comunidad guajira, pide a las personas que investiguen a fondo antes de confiar en un médico, especialmente para procedimientos tan delicados como una cirugía bariátrica. “No crean todo lo que ven en redes sociales. Prieto no era especialista, era un mentiroso. Nos hizo creer en ilusiones, y hoy, ni siquiera da la cara”.La familia González-Navavera exige que se investigue, que no se repita esta tragedia. “Mi esposa era una mujer noble, querida, de hogar. No merecía morir así. No merecía ser víctima de un fraude, de una mentira, de la indiferencia de un sistema que permite que cualquiera se venda como experto”.
La verdad detrás del dolor
El caso de Kellibeth González es mucho más que una tragedia médica. Es la historia de una familia engañada, de una mujer que confió en promesas vacías, de un sistema que no protege a los más vulnerables. Y es, sobre todo, la historia de un doctor que mintió, manipuló y luego desapareció, dejando tras de sí un vacío imposible de llenar.
Hoy, la familia sigue luchando por justicia, por limpiar su nombre, por evitar que otras personas caigan en las mismas manos. Y, mientras tanto, el dolor y la impotencia siguen presentes, recordando que detrás de cada cifra, de cada noticia viral, hay seres humanos que sufren y exigen la verdad.
Redacción: pasante Victoria Casilla.
Revisado por: Angélica Barreno.
