Recortes de ayuda humanitaria golpean con fuerza a migrantes y comunidades indígenas en La Guajira. El sol castiga sin piedad el desierto colombiano de La Guajira, donde miles de personas sobreviven en condiciones críticas. En un aeropuerto abandonado conocido como La Pista, vive Astrid, venezolana embarazada de ocho meses, acompañada por su hijo de cinco años con encefalopatía. Su historia refleja el drama que viven migrantes e indígenas tras los recortes de la ayuda humanitaria estadounidense desde la llegada de Donald Trump a la presidencia.
Sin agua potable, sin baño, y sin recursos para controles prenatales, Astrid forma parte de las más de 160.000 personas venezolanas que habitan esta región fronteriza. En La Guajira, donde el 65% vive en pobreza y la desnutrición infantil es alarmante, las ayudas de organizaciones humanitarias eran vitales.
Pero desde enero, con el desmantelamiento de USAID —responsable del 42% de la asistencia humanitaria global— solo quedan tres ONG activas en Maicao, según el alcalde Miguel Aragón. En 2024 operaban 28.
Recortes de ayuda humanitaria golpean con fuerza a migrantes y comunidades indígenas en La Guajira
“Demasiada tristeza, porque era algo que en verdad necesitaba”, lamenta Luz Marina, colombiana residente de La Pista, al recordar la ayuda que fue cancelada antes de recibirla. Vive con su esposo reciclador y su hijo de cinco años con bajo peso. El alimento escasea. “No es lo mismo comer arroz con pollo que arroz con queso”, dice.
Save The Children logró asistir a varios niños, pero redujo su presencia tras perder 40% del presupuesto. Incluso cerró su proyecto artístico en una escuela local, donde Michelle, de 13 años, descubrió su pasión por el canto. Hoy, sin clases ni apoyo, siente que algo en ella quedó “amarrado”.
El alcalde de Maicao advierte que el abandono estatal y los recortes internacionales amenazan con una debacle social. “Hoy nos sentimos solos”, afirma. Mientras tanto, organizaciones intentan resistir. Pero el panorama es incierto.
